Lima no es una ciudad amigable con los solitarios. Las barras de los bares son el mejor ejemplo: en su mayoría son pequeñas, incómodas y frías. Y suelen estar mal ubicadas. Es como si las hicieran por cumplir, para evitar que el bartender prepare los cocteles en la cocina. No aspiran a ser un punto de encuentro de extraños en busca de una conversación ni procuran dar cobijo a los lonely hearts como yo. Son simplemente el lugar donde ubicar la caja registradora, el centro del despacho y entrega de pedidos.
Siempre he pensado que la barra debe ser el corazón de un bar, su alma. Y si bien algunos locales nuevos tienen unas barras de catálogo, son pocas las que lucen vivas, boyantes, con bartenders capaces de mantener una conversación de más de cinco minutos y no una que se limite a la pregunta: ¿estás esperando a alguien?
No tengo claro en qué momento empecé a salir solo. Intuyo que fue luego de que Ximena me dejó. Ahora puedo pasar por tres o cuatro barras en una noche sin la menor timidez. Y estoy dispuesto a emborracharme con la primera persona que se siente a mi lado. Se podría decir me mí lo mismo que oí hace poco en una película durante mis noches de insomnio: "Es un solitario. Dispuesto a abrirle el corazón al primero que muestre un interés".
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Hace 3 horas



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