En una semana laboral tan corta como la que termina, no sé si es normal esperar el fin de semana con tantas ansias. Desde el miércoles no hago más que pensar en eso mientras redacto aburridos "papers" (extraño los viejos informes que solía pedirme mi ex jefe) en la verdosa pantalla de mi computadora. Pero hoy, viernes finalmente, no hago más que preguntarme qué diablos haré con tanto tiempo libre para mí solo.
Mis fines de semana son bastante previsibles dentro de su habitual desorden. Los viernes suelo ir al cine, a algún concierto o a tomar algo (o las tres cosas). Las mañanas de los sábados -que empiezan cada vez más tarde- se me van en la lavandería y en la limpieza del cuartucho. Luego salgo a almorzar y paso la tarde dando vueltas por Miraflores y San Isidro. Mis paradas favoritas son las galerías, las librerías y las tiendas de discos. Y también algún café donde disfrutar de mis nuevas adquisiciones. Por la noche repito la agenda de los viernes y los domingos suelo pasarlos en "casa de mis padres" (cómo me cuesta no llamarla mi casa).
Sé que no suena nada mal. No lo es. La paso bien la mayor parte de las veces. El asunto es que simplemente la paso. Y, además, normalmente solo. A veces puedo ver algún amigo o amiga en el almuerzo o en algún bar (al cine casi siempre voy decididamente solo) pero, en términos generales, son fines de semana bastante solitarios. Sólo alguna mujer, de esas que aparecen y desaparecen en mi vida, logra sacarme de esta rutina. Pero cada vez es menos frecuente: he logrado alejar a casi todas las que estaban interesadas en mí y las que aún veo ya ni siquiera quieren quedarse a dormir. Y las que a mí me interesan han decidido no salir más conmigo. Menuda cosa la soledad.
soledad viernes
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