En menos de dos años mi visión se ha reducido considerablemente. Ayer en el cine apenas si podía distinguir los subtítulos y, hacia el final de la cinta, me vi fozado a prescindir de ellos. Si la película hubiese sido iraní habría tenido que adivinar los diálogos.
En un inicio pensé que era un efecto secundario de las pastillas para dormir, pues me dejaban bastante somnoliento durante todo el día. "Debe ser por eso que veo todo borroso", me decía. Luego empecé a culpar a los autos de llevar las luces muy altas, a los carteles de tener letras tan pequeñas, al Cinematógrafo de utilizar un proyector tan viejo. Una vez más mi incapacidad generalizada para afrontar la realidad me estaba jugando una mala pasada. Me impidió ver que estaba perdiendo la vista, menuda ironía.
Al final me he acostumbrado a estos días parcialmente nublados. La ventaja de ir perdiendo la vista -como escribió alguna vez Julio Ramón Ribeyro- es que notamos menos la fealdad de la gente. Y también la nuestra.