lunes 16 de noviembre de 2009

Snob

Hablando con una amiga sobre relaciones de pareja, le dije:

-Tienes que ver Annie Hall, es estupenda.

Entusiasmada, me respondió al instante: "¿Sabes si sigue en cartelera?".

No pude evitar escapar una sonrisa (pues es una película de 1977). Por supuesto, mi amiga lo tomó a mal y terminó acusándome de snob.

-¿Por qué tendría que saber de esa película? -me increpó.
-No tienes, es cierto -le di la razón.
-Es como si yo te preguntara si sabes qué tipo de música hace Zion.
-Ah, pero eso es fácil -le respondí con sorna-: música infame.

Mi amiga, desconcertada, entrecerró los ojos con desconfianza y me preguntó bajito: "Y ese género musical, ¿de qué va?".

Como bien dice Ribeyro, no hay que exigir en las personas más de una cualidad.

jueves 12 de noviembre de 2009

Farmacia de turno

-Hola, ¿en qué te atiendo? -me recibe un vendedor bastante amanerado en una farmacia cerca a mi oficina.
-Dame dos cajas de Durex Ultra Sensitivo.
-A ver -abre un cajón y saca los dos paquetes-. Hecho.
-Y una caja de Durex Tropical.
-Listo, ¿algo más? -me pregunta con una mirada cómplice.
-Ah, sí -recuerdo-. Diez migradorixinas.

El vendedor se sonríe y agrega genial: "Claro, para el dolor".

jueves 5 de noviembre de 2009

Cena soviética

Santiago de Chile, Providencia. Restaurante ruso Olivié.

-¿Puedo hacerle una pregunta? -me interrumpe un mozo mientras ceno un vareniky de papas.
-Sí, claro. Dígame.
-¿Armani?

Pongo cara de no entender nada (porque, claro, de Armani mi cara no tiene nada).

-Su perfume: ¿Acqua di Giò?
-Ah -respondo confundido-, creo que sí.
-Bueno -sonríe satisfecho-. Era eso.

Y sigue su camino.

Ya lo dijo el poeta ruso Fiódor Tiútchev: "Con la razón no se entiende a Rusia".

jueves 29 de octubre de 2009

¿Cachái?

-¿Me podrá tomar una foto? -le pregunto a un tipo que está de visita conmigo en el Palacio de La Moneda.

De mala gana coge mi cámara y me saca una foto que sale movida.

-Quedó bien -le agradezco resignado.

Pero el tipo se despide con una frase de antología: "¿Voh no cachái el disparador automático de tu cámara?".

Si había un solo mala onda en Santiago, tenía que cruzármelo yo.

lunes 26 de octubre de 2009

Santiago (travesía)

El taxi que pedí para ir al aeropuerto llegó tarde. Media hora tarde. Sin embargo, corrí y corrí y corrí por todo el Jorge Chávez y logré abordar de último. Desgaste inútil pues el vuelo se retrasó en la pista y despegamos (sí) media hora tarde. La nube recién asomaba.

Lo supe en Santiago, en migraciones, cuando me hicieron notar que había olvidado el nombre de mi hotel. Y, por supuesto, la dirección. Además, la esperanza de que alguien haya ido a recogerme al aeropuerto se desvaneció apenas crucé la puerta de salida.

-Menos mal que traje mi laptop -me dije-. Cuestión de buscar el correo.

Pero el Wi-Fi no era libre. Si quería acceder a una conexión, tendría que tomar algo en algún café.

-Señor, ¿me podría indicar dónde puedo cambiar dólares? -le pregunté al primer tipo que vi.
-Lo lamento pero todas las casas de cambio están cerradas a esta hora -me respondió con un acento chilenísimo.

Qué cara habré puesto que luego agregó:

-Pero puede pagar el taxi en dólares si desea.

El señor llevaba en las manos un cartel de taxi oficial.

-¿A qué hotel va? –preguntó.
-¿Windsurf? ¿Windex? ¿Windsor? -renegué-. Sólo sé que queda en el Centro.
-Windsor Suites -sentenció-. No se preocupe, no hay otro hotel con ese nombre.

Me llevó por veinticinco dólares. El hotel se veía tan mal como en las fotos. Y lo peor: en su lista de reservas no figuraba yo. Recién después de quince minutos de susto, encontraron una copia del correo con mi reserva.

El encargado del hotel se disculpó por el error pero descubrió un nuevo problema: mi reserva comenzaba al mediodía y recién eran las cuatro. Era oficialmente una pesadilla. Tuve que pagarle veinte dólares para que, casi de favor, me dé la habitación más fea del hotel.

A la mañana, para coronar mis desgracias, cuando bajé se había agotado el desayuno.

-¿Sabe dónde puedo cambiar dólares? –pregunté en recepción con ganas de regresarme a Lima.
-Hoy los bancos están cerrados –me explicó-. Pero hay algunas casas de cambio por el Palacio de la Moneda.

El detalle era que para ir hasta allá necesitaba al menos unos cuantos pesos con los que pagar el taxi o el metro. Era mejor salir a caminar, despejarme y desayunar en algún lugar donde acepten tarjetas de crédito. Luego de dar un par de vueltas me encontré un McDonald’s abierto.

-Me da un barros jarpa, un café y dos medialunas, por favor –ordené guiándome por uno de los carteles de desayuno que tenían.
-Ya terminó la hora del “buen día”, señor -me respondió el chico de la caja.

No pude más. Comencé a transpirar, a hiperventilar, a relinchar. Estaba a punto de dejar salir el Michael Douglas en Un día de furia que todos llevamos dentro. Tenía ganas de asfixiar al chico con su estúpida gorrita.

-Señor, señor –se apresuró en decirme asustado-, voy a pedir que hagan una excepción y le preparen su orden.

Me hicieron mi desayuno. Y les juro que me supo a gloria.

miércoles 21 de octubre de 2009

No abras los ojos

Cierro los ojos. Dos luces se disparan dibujando formas caprichosas y fluorescentes que se desvanecen en segundos. Aprieto los ojos. Esta vez una pantalla blanca y luminosa como el cielo de Lima estalla dando paso a cientos de luciérnagas (estrellas fugaces acaso) que revolotean en mi mente hasta perderse entre mis pensamientos. Una luz negra lo cubre todo.
 
La oscuridad parece ser una exclusividad de los muertos. Y sin embargo: no quiero abrir los ojos.

viernes 16 de octubre de 2009

La ciudad y los días

Existen días en los que la ciudad parece estar en perfecta armonía con nuestros deseos. Días particularmente felices en los que hasta los mendigos parecen sonreírnos de manera desinteresada. En las esquinas: parejas de enamorados. En las ventanas: flores (o chicas bonitas). En los parques: verde, verde, verde. Todo parece jugar a nuestro favor; aun el terrible tráfico de la gran Lima.

Existen otros días, sin embargo, en los que es mejor no salir de casa. Días particularmente malos en los que en las aceras, en los balcones, en las plazas e incluso en las cabezas de algunos hombres, tus ojos no hallarán más que caca de pájaro. La razón es simple: tu novia te ha dejado la noche anterior.

lunes 12 de octubre de 2009

Amadeus

-Gonzalito, ¿qué escuchas? -le pregunto a mi sobrino de cuatro años.
-Mozart -me responde concentrado en sus juegos.

Afino el oído y efectivamente parece ser una sonata de Mozart lo que sale de la radio.

-¿Y tú qué sabes de Mozart, pulga?
-Wolfgang Amadeus Mozart fue un compositor y pianista austriaco -me dice mientras corre por el pasadizo.
-¿Dónde has aprendido eso? -pregunto sorprendido.
-En el colegio -interviene orgullosa mi hermana-. Mi hijito ahora escucha a Mozart, a Brahms y a Vivaldi.

Y pensar que hace sólo unos meses ese mismo niño se comía la plastilina.

miércoles 7 de octubre de 2009

El (in)genio de Einstein

En un artículo publicado póstumamente por la revista ZAMP, Marcel Grossmann, amigo y compañero de Albert Einstein en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, cuenta que desde su ingreso a dicha casa de estudios, el físico se hizo conocido entre la comunidad académica por sus respuestas ingeniosas. Relata Grossmann que una tarde el joven Einstein se encontró al profesor W. Fiedler saliendo del baño de hombres bastante molesto.

-¿Por qué los estudiantes nunca cerrarán la puerta de los cubículos cuando entran a orinar? -rezongó el matemático.
-Es simple -respondió Einstein-: Para que los demás no crean que están cagando.

viernes 2 de octubre de 2009

No voy en taxi (voy en la 36)

Lo primero que dijo Ximena al llegar fue: “Me acaban de asaltar”. Pálida del susto, temblaba en mi puerta haciendo su mejor esfuerzo por no llorar. Tuvo que pasar una media hora para que se animase a contarme lo que le había pasado. La historia iba más o menos así:

“Cogí el taxi en la puerta del Vivanda de Pardo (es que se me antojó una torta de chocolate). Era uno gris (¿o azul?), nuevo, sedán, Toyota (sí, con el cartelito encima). El taxista (un tipo mayor, medio calvo, canoso, lentes, ya sabes, guácala) parecía de fiar. Estuvo callado todo el camino pero cuando ya estábamos por llegar comenzó a hablarme (de política, del Congreso, qué sé yo). Lo noté nervioso. En eso el tipo toma un desvío y se detiene en un descampado (¡ya sabía, qué bruta!). Cuando reaccioné, tenía una pistola en mi cara. Horrible. Me quitó todo: el celular, la cartera, mi lonchera. Todo”.

Aquella noche, después de cenar, Ximena me pidió que la acompañara a su casa. No quería irse sola; seguía nerviosa.

Salimos a buscar un taxi. Uno formal. Demoramos bastante en encontrar uno ("muy nuevo, muy sucio, muy joven, muy viejo"). Terminamos tomando una station wagon blanca, de esas que abundan en Lima. Probablemente los taxis más inseguros.

Recién adentro reparé que el taxista iba hablando por celular con la ayuda de un handsfree. Hablaba bajito, como si no quisiera que lo escucháramos. Además, disimuladamente, nos buscaba con frecuencia a través del espejo retrovisor. El asunto me dio mala espina, pero no dije nada para no asustar más a Ximena. Sin embargo, cuando ya estábamos por llegar a la avenida Arequipa, el taxista volteó bruscamente en un pasaje quitándose el cinturón de seguridad sobre la marcha. Juraría que dijo te espero en la esquina o algo por el estilo. Esto es tener mala suerte, pensé. Éramos víctimas de otro asalto.

El taxista aceleró y Ximena comenzó a gritar histérica: ¡deténgase, deténgase! En ese momento, poseído por un extraño absceso de valentía e imprudencia, me lancé sobre el taxista. El auto frenó en seco causando un gran chirrido.

-¡Ximena, bájate rápido!- grité sujetando las manos del taxista contra el timón del auto.

Ella descendió obediente y esperó en silencio a que yo hiciera lo mismo. Apenas puse un pie en el asfalto, el auto partió a toda prisa.

-¿Qué hacemos? -me preguntó nerviosa Ximena mientras corríamos hacia la avenida.
-Por ahora -respondí resignado-: tomar la 36.

lunes 28 de septiembre de 2009

Sólo para niños

-Gonzalito, qué elegante estás -le digo a mi sobrino de cuatro años-. ¿Adónde vas?
-¡Al cumpleaños de Rodrigo! -grita entusiasmado.
-¿Y yo también puedo ir? -interviene mi mamá.
-No pues, abuelita -responde Gonzalito muy serio-: a mis fiestas no van viejitas.

Apuesto a que Papá Noel se olvida de alguien esta navidad.

viernes 25 de septiembre de 2009

La 56

-Mi amor, no te vengas -me suplicó jadeante Sofía-. Piensa en otra cosa.
-¿En qué? -protesté entregado.
-¿Cuánto es ocho por siete?
-¡Cincuenta y seis!

Malditas matemáticas: nos dio tal ataque de risa que ninguno de los dos se vino.

domingo 20 de septiembre de 2009

Km. 107

-En realidad no somos tan diferentes, ¿sabes? -interrumpí a Sofía.

Ella me miró intrigada desde el volante.

-Es decir -continué-, somos distintos pero nos gustan las mismas cosas.
-¿Por ejemplo? -me respondió escéptica.
-Esta canción.

Subí el volumen de la radio: Come on now baby gimme just one look/You can't start a fire sitting 'round crying over a broken heart/This gun's for hire/Even if we're just dancing in the dark.

Sofía sonrió y siguió manejando. Habíamos dejado Lima hace más de una hora. Atrás quedaban esas tontas discusiones que habían ocupado nuestra semana. Ya no importaba qué tan distintos fuésemos, sino que en diez minutos estaríamos solos los dos.

viernes 18 de septiembre de 2009

Carta para leer en el camino

Setiembre 17, 2009

Como nunca, hoy me levanté antes de las siete a.m. Cuando abrí los ojos no supe dónde estaba por un segundo. Era tu cuarto. Reconocí la nubecita, esa que tanto me gusta, colgada de la persiana. Me volví hacia ti. Traté de jugar contigo, de despertarte. Dulce y paciente, como siempre, me preguntaste si podías dormir un rato más. Te abracé. Me dijiste "te quiero". No sabía qué hacer. Ya no tenía sueño. Te pregunté si querías que hiciese café. Más paciente aún, lo hiciste tú. Encendí tu laptop y estuve curioseando mis cuentas hasta que sonó el despertador.

Cuando saliste de la ducha me viste con una sonrisa chateando con alguien. Te contesté, cuando me preguntaste con quién, que era mi amigo Martín. Justo le estaba contando que estaba en casa de mi chico enfermero. Martín preguntó:

-¿Sales con un enfermero, Sofía?
-Sí.
-Seguro que es como todos esos enfermeros con pretensiones de doctor.
-De escritor -le dije-. Sólo que él no tiene pretensiones, esas me las deja a mí.

No te diste cuenta, pero al terminar de tipear esa frase te miré. ¿Eres mi enfermero sin pretensiones de escritor? No. Sólo eres mi chico. El que anoche me llevó a cenar. Al que quiero tanto.

Sofía

viernes 11 de septiembre de 2009

Banana republic

Sofía me dijo ya vengo y desapareció de la cola del supermercado dejándome a cargo de las compras. Al rato, reapareció con cara de haber hecho una travesura. Traía una caja de condones. De los de sabores.

-Todos deberían ser... -comenzó a decirme pero se detuvo.
-¡De plátano! -terminé la sentencia con entusiasmo.

Pero Sofìa ya no sonreía. Por el contrario, miraba nerviosa por encima de mi hombro. Sus papás, me dije. Volteé lentamente esperando lo peor. Sin embargo, para mi sorpresa, la persona que estaba detrás de mí era la cantante Susana Baca. Aparentemente divertida con la conversación, nos sonrió con sus grandes dientes blancos.

Tal parece que Susana también los prefiere de plátano.