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17 de julio de 2009

Rezo por vos

Los Yoshimoto se mudaron a mi barrio a inicios del verano de 1998 y se instalaron en el tercer piso de la casa roja que estaba al otro lado de la calle. La hija menor de la familia, de sólo 17 años, era una chica atlética y risueña a la que yo solía espiar desde mi ventana todas las mañanas cuando salía de su casa para ir a sus clases en la academia.

-Una japonesita linda que se ha mudado frente a mi casa -le conté a Milagros, una vieja amiga del barrio-. Todas las mañanas muero un poco al verla pasar con sus shorts playeros.
-¿En la casa roja? -me sorprendió-. Pero si es Rocío, ¡mi mejor amiga del colegio!

Milagros me hizo el milagro esa misma tarde. Fuimos a buscar a Rocío y nos sentamos a conversar en la escalera que conducía a su departamento. Rocío parecía encantada de mi buen humor. Y yo, para serles honesto, de sus largas piernas.

-¿Me acompañas a misa el domingo?- me preguntó ese día al despedirnos.
-Sí, claro, paso por ti a las seis y media- respondí automáticamente.

Milagros, que sabe que soy ateo, se sonrió. Pero ya lo dijo Groucho Marx: Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros.

Acompañé a Rocío a la iglesia todos los domingos de aquel verano. Recé, canté, comulgué. Sólo me faltó hacer la confirmación. Mas todo fue un esfuerzo inútil: Rebeca me había dejado muy maltrecho. Con la autoestima por los suelos y, ya de por si, bastante tímido, no me atreví a robarle un beso siquiera.

Una tarde, cuando agonizaba el verano, pude ver desde mi ventana cómo un vecino trababa conversación con ella mientras paseaba a su perro. Los vi sentados en la escalera de su casa todas las tardes de aquella semana.

El domingo siguiente, me quedé en casa.

22 de enero de 2009

Los debutantes

-Estoy mal -dijo Rebeca por teléfono.
-¿Dónde estás? -pregunté.
-En Chaclacayo.

Rebeca sufría de una rara enfermedad que le producía severas e imprevisibles crisis. A sus diecisiete años había tenido más de una decena de ingresos por emergencia. Si decía estar mal, era mejor ir a buscarla.

Llegué a Chaclacayo a las cinco de la tarde, antes de que oscurezca. Me tomó una hora y media el viaje desde mi casa en micro. Rebeca y sus amigas de la universidad habían ido a pasar el día en un club al que yo solía ir con mi familia, así que no tuve problemas en encontrarla. Estaba en el sector de la piscina recostada en una silla plegable. La amiga que la acompañaba, que aparentaba ser algo mayor que nosotros, sonrió al notar que llevaba puesto el buzo de mi colegio.

-¿Cómo te sientes? -pregunté preocupado.
-Mejor pero necesito descansar.
-Espérenme aquí -dijo la amiga-. Voy a conseguir una habitación.

A los diez minutos regresó con la llave del bungalow 104. Rebeca se incorporó con dificultad y caminó despacio hasta la habitación cogida de mi brazo. Adentro, se dejó caer sobre la cama, convaleciente.

-Rebeca, tengo que irme -dijo de repente la amiga-. Es tarde.
-No te preocupes, yo dejo la llave en recepción -respondió Rebeca con una mirada cómplice.

Recién en ese momento comprendí la situación. Cuando quedamos a solas me acosté a su lado y, nervioso, comencé a desnudarla por primera vez.

19 de noviembre de 2008

Ensayo sobre la ceguera

Hay momentos en la vida en los que elegimos no ver. Como cuando el dolor es muy grande. Porque ver duele. Arde. Quema. Entonces, de manera casi inconsciente, cerramos los ojos. Simplemente pasa. Me pasa.

Para cuando Rebeca me dijo que su tía le había alquilado un departamento para que estudie por las tardes, yo ya había perdido la vista. Lo asumí como todo lo de ella: sin demostrar emoción alguna que me pusiera al descubierto. Poco importó que nunca me hubiera hablado de esa tía ni que su historia no tuviera sentido en una familia llena de dificultades económicas. Más fácil era no preguntar.

El departamento estaba ubicado en San Borja, tenía sólo una habitación y estaba amoblado. El mismo día que me habló de él fuimos al Jockey Plaza a comprar vajilla, ropa de cama, utensilios de cocina, útiles de aseo personal e implementos de limpieza. También un televisor de 21''. Luego fuimos al departamento a estrenar nuestras sábanas. Con sólo 17 años tenía un departamento para mi novia y para mí.

Hasta hoy no sé con qué dinero compró todas esas cosas. Es probable, además, que nunca se lo haya preguntado. En aquellos días me bastaba con saber que teníamos un refugio lejos de su familia y de la mía donde podíamos jugar a ser felices. De lunes a sábado, de dos a nueve.

Una tarde encontramos un tipo adentro encerando la sala. Él, a diferencia nuestra, pareció no sorprenderse con la visita. Rebeca, visiblemente nerviosa, me dijo que era un amigo que la ayudaba con la limpieza a cambio de utilizar el estacionamiento. Ambos se encerraron en la cocina y, al cabo de un rato, el tipo salió, se despidió y se fue. Una vez más, no dije nada. Pero la última vez que vi a Rebeca, años después, planeaba casarse con él.