Los Yoshimoto se mudaron a mi barrio a inicios del verano de 1998 y se instalaron en el tercer piso de la casa roja que estaba al otro lado de la calle. La hija menor de la familia, de sólo 17 años, era una chica atlética y risueña a la que yo solía espiar desde mi ventana todas las mañanas cuando salía de su casa para ir a sus clases en la academia.
-Una japonesita linda que se ha mudado frente a mi casa -le conté a Milagros, una vieja amiga del barrio-. Todas las mañanas muero un poco al verla pasar con sus shorts playeros.
-¿En la casa roja? -me sorprendió-. Pero si es Rocío, ¡mi mejor amiga del colegio!
Milagros me hizo el milagro esa misma tarde. Fuimos a buscar a Rocío y nos sentamos a conversar en la escalera que conducía a su departamento. Rocío parecía encantada de mi buen humor. Y yo, para serles honesto, de sus largas piernas.
-¿Me acompañas a misa el domingo?- me preguntó ese día al despedirnos.
-Sí, claro, paso por ti a las seis y media- respondí automáticamente.
Milagros, que sabe que soy ateo, se sonrió. Pero ya lo dijo Groucho Marx: Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros.
Acompañé a Rocío a la iglesia todos los domingos de aquel verano. Recé, canté, comulgué. Sólo me faltó hacer la confirmación. Mas todo fue un esfuerzo inútil: Rebeca me había dejado muy maltrecho. Con la autoestima por los suelos y, ya de por si, bastante tímido, no me atreví a robarle un beso siquiera.
Una tarde, cuando agonizaba el verano, pude ver desde mi ventana cómo un vecino trababa conversación con ella mientras paseaba a su perro. Los vi sentados en la escalera de su casa todas las tardes de aquella semana.
El domingo siguiente, me quedé en casa.
Año Nuevo en Medio Año
Hace 3 meses.


