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13 de abril de 2010

Cambio de estación

Amanece. Cae la niebla. Lima es una herida abierta cubierta de algodón. Tras la bruma húmera: torres, árboles, corredores. Cielo blanco cocina. Canto de tórtola orejuda. Nadie en cama.

Tic, tac, tic, tac. Selva urbana busca: colegialas, oficinistas sin saco, jaladores, vendedores ambulantes, viejas con ruleros. Cacería entre ríos de brea infestados de taxis de timón cambiado. Y en todos lados: bolsas de pan, portafolios, tacos.

En medio del caos, algo de poesía: agujitas de rocío, beso frío en las mejillas.

Ya ha llegado el otoño. ¿Cuándo llegará mi chica de los ojos de crayón?

22 de marzo de 2010

A la carta

Hace unos días, mientras me decidía qué ordenar en un restaurante, descubrí a un hombre almorzando un plato de olluquito, una de mis comidas favoritas cuando niño. De más está decirles que se me antojó sobremanera.

-No encuentro ese plato en la carta –llamé al mozo-. ¿Cuánto cuesta?

El mozo se sonrió y, tras unos segundos, respondió: “Diez soles. Doce si lo quiere montado”.

-Que sea montado, entonces –ordené.

El mozo volvió a sonreírse y partió raudo a la cocina. En menos de cinco minutos ya estaba de regreso con el pedido. Comer ese plato de olluquito fue como viajar en el tiempo a un lugar feliz.

-¿Todo bien? ¿Le gustó? –me preguntó finalmente el sonriente mozo mientras pagaba.
-Sí, estuvo estupendo pero dígame, ¿qué es lo que le causa tanta gracia?

El mozo se sonrió una vez más y, mostrándome sus dientes blanquísimos, respondió: "Es que acaba de almorzar la comida del personal".

14 de enero de 2010

Días lluviosos

Paseo matutino por el malecón. El cielo no existe. Y en el suelo, agua y barro. Verano meón sin chicas en falda corta. ¿Alguien sabe cómo anda el clima en Copenhague?

Información para los turistas: Lima está a cincuenta metros sobre el nivel del mar, arriba del acantilado. Abajo: sólo la autopista, los surfers y, por las noches, las chicas de la vida alegre. Y, claro, el mar. Para Lima el Océano Pacífico es sólo un rumor. Un mar que no se ve pero se intuye. Como aquello que no decimos en un post.

Retomando: ahora sí que se jodió el planeta, Zavalita. Eso entre otras tantas cosas. Habría que caminar de espaldas por el malecón. A lo mejor hasta nos devuelven los pasos. Aunque dime, con honestidad, ¿sobreviviremos? Ya sé, olvídalo: el bochorno… ay, el bochorno. Y, así, cualquier otro tema. Por ejemplo, algo sobre el clima o esa idea tan bonita sobre los árboles que nos miran con envidia. Todo vale. Menos nuestros nombres.

Sigue lloviendo. Cada vez más fuerte. Es como si Lima -costanera, capitana, cucufata- hubiera aprendido a somatizar mi pena.

30 de diciembre de 2009

1986

¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…! ¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…! Es un grito largo, cansado, ausente, sin convicción, como el rumor de las beatas saliendo de misa de gallo. ¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…! ¡Mariposas…, tronadores…! Dos chicos preguntan: ¿calaveras? Calaveras a cincuenta céntimos. Compran. Luego colocan papel periódico dentro de una llanta vieja y le prenden fuego. Arde La Victoria. ¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…!

-¡Cierra esa ventana, niño! Todo se llena de humo.

Mamá Concho sale de la cocina vestida de grasa de pavo y me obliga a cerrar la ventana. Después, paciente, me explica que cuando la aguja grande del reloj alcance a la pequeña será navidad. Dulce navidad. Y recién entonces podremos encender la corona de adviento, hacer una oración por los que no están, y abrir los regalos.

-Y despreocúpate, niño, que tú papá ya debe estar por llegar con tus hermanas –me dice antes de irse a terminar de la cena.

Sí, despreocúpate, niño. Ve con tu mamá al cuarto de la abuela. Despreocúpate, pregúntale que te van a regalar por navidad. ¡Mamá, Mamá...!

Mamá está ocupada. Lee el rosario a oscuras, casi en silencio. Cada vez que desliza una cuenta, apenas si murmura una oración. Y a ratos llora. Debería decirle: despreocúpate, mami, ya llega mi papá. O tal vez: despreocúpate, vamos a comer puré de manzana delicioso de Mamá Concho. Pero tengo miedo. De sus rezos, de sus llantos. De esta casa que huele a cañerías, a agua de florero. De este barrio peligroso donde todo explota, donde todo se viene abajo, donde no puedes salir a la calle, donde los perros no paran de ladrar.

Arde La Victoria. La aguja grande ya debe haber alcanzado a la pequeña. Mi papá no llega. Mi mamá llora de nuevo. Y afuera alguien grita: ¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…! ¡Cuetecillo, ratablanca, silbador…!

16 de diciembre de 2009

Lunes por cinco

I
Blanco. Leche caliente. Despertar a rayas. Persiana inútil. Afuera, los obreros aguardan las ocho con maca, emoliente y pan con tortilla. Adentro, un cuerpo –el mío- se esconde bajo las sábanas. Huye de la luz de la mañana y el pin-pin-trac-trac de los martillos.

II
Ni golondrinas ni verano. Sólo bruma y polvo de construcción. En el malecón: obreros. En el balcón: obreros. En mi cama: nadie.

Son casi las once en la cocina.

III
MIGRA
DORIXINA
CLONIXINATO DE
LISINA 125 mg
ERGOTAMINA
TARTRATO 1 mg
Vía Oral
Comprimidos recubiertos
Colombia: INVIMA
2001M-0000431
Industria Uruguaya

IV
-¿Qué dices? ¿Sobreviviremos? –pregunté.
-Eres bueno con las palabras –respondió el espejo.

V
Matiné. Función de las cuatro. Elijo el punto medio de la sala (como me gusta). En la pantalla: Bruce Willis. Yo duermo (más allá del dolor).

La paz se halla en los lugares más insospechados.

12 de noviembre de 2009

Farmacia de turno

-Hola, ¿en qué te atiendo? -me recibe el vendedor de la farmacia cerca a mi oficina que, según todos dicen, siempre pregunta por mí.
-Dame dos cajas de Durex Ultra Sensitivo.
-A ver -abre un cajón y saca los dos paquetes-. Hecho.
-Y una caja de Durex Tropical.
-Listo, ¿algo más? -me pregunta con una mirada cómplice.
-Ah, sí -recuerdo-. Diez migradorixinas.

El vendedor se sonríe y agrega genial: "Claro, para el dolor".

2 de octubre de 2009

No voy en taxi (voy en la 36)

Lo primero que dijo Ximena al llegar fue: “Me acaban de asaltar”. Pálida del susto, temblaba en mi puerta haciendo su mejor esfuerzo por no llorar. Tuvo que pasar una media hora para que se animase a contarme lo que le había pasado. La historia iba más o menos así:

“Cogí el taxi en la puerta del Vivanda de Pardo (es que se me antojó una torta de chocolate). Era uno gris (¿o azul?), nuevo, sedán, Toyota (sí, con el cartelito encima). El taxista (un tipo mayor, medio calvo, canoso, lentes, ya sabes, guácala) parecía de fiar. Estuvo callado todo el camino pero cuando ya estábamos por llegar comenzó a hablarme (de política, del Congreso, qué sé yo). Lo noté nervioso. En eso el tipo toma un desvío y se detiene en un descampado (¡ya sabía, qué bruta!). Cuando reaccioné, tenía una pistola en mi cara. Horrible. Me quitó todo: el celular, la cartera, mi lonchera. Todo”.

Aquella noche, después de cenar, Ximena me pidió que la acompañara a su casa. No quería irse sola; seguía nerviosa.

Salimos a buscar un taxi. Uno formal. Demoramos bastante en encontrar uno ("muy nuevo, muy sucio, muy joven, muy viejo"). Terminamos tomando una station wagon blanca, de esas que abundan en Lima. Probablemente los taxis más inseguros.

Recién adentro reparé que el taxista iba hablando por celular con la ayuda de un handsfree. Hablaba bajito, como si no quisiera que lo escucháramos. Además, disimuladamente, nos buscaba con frecuencia a través del espejo retrovisor. El asunto me dio mala espina, pero no dije nada para no asustar más a Ximena. Sin embargo, cuando ya estábamos por llegar a la avenida Arequipa, el taxista volteó bruscamente en un pasaje quitándose el cinturón de seguridad sobre la marcha. Juraría que dijo te espero en la esquina o algo por el estilo. Esto es tener mala suerte, pensé. Éramos víctimas de otro asalto.

El taxista aceleró y Ximena comenzó a gritar histérica: ¡deténgase, deténgase! En ese momento, poseído por un extraño absceso de valentía e imprudencia, me lancé sobre el taxista. El auto frenó en seco causando un gran chirrido.

-¡Ximena, bájate rápido!- grité sujetando las manos del taxista contra el timón del auto.

Ella descendió obediente y esperó en silencio a que yo hiciera lo mismo. Apenas puse un pie en el asfalto, el auto partió a toda prisa.

-¿Qué hacemos? -me preguntó nerviosa Ximena mientras corríamos hacia la avenida.
-Por ahora -respondí resignado-: tomar la 36.

9 de julio de 2009

Génesis

En el principio buscó C.N. un techo y una barra. Y a las ocho de la noche Ayahuasca estaba desordenada y vacía. Y dijo C.N: "sírvame un pisco sour". Y vio C.N. que el pisco sour de uva y camu camu era bueno y justo, y pidió otro. Y otro.

Y dijo C.N.: "no es bueno que el hombre esté solo". Y llamó C.N. a una amiga que estaba en el centro de Lima y fue a su encuentro. Y en El Directorio bebieron y bailaron según su naturaleza, y se besaron según su naturaleza. Y vio C.N. que sus caricias eran buenas y justas. Y dieron las doce.

Y dijo C.N.: "partamos hacia el Yacana". Y vio C.N. que en el Yacana todo es chévere: la música, el chofer y el cobrador, y se quedaron. Y unos daneses se les acercaron y les preguntaron: "do you speak english?". Y dijo C.N.: "wash-and-wear!". Y compartieron bebidas, cigarrillos y abrazos. Y dieron las cuatro.

Y dijo C.N.: "te llevo a tu casa", pues vio C.N. que su amiga estaba demasiado ebria como para no ir preso por llevarla a otro lado. Y ella se entercó en seguir bebiendo en un bar de metal donde nada era bueno ni justo. Y un metalero preguntó a C.N.: "¿eres emo?". Y vio C.N. como el hombre levantó amenazante una silla con sus dientes. Y la amiga evitó la matanza presentándolo como su novio. Y todos bebieron y cantaron hasta que salió el sol.

Y así acabó C.N. su sábado por noche: a las siete de la mañana del día sétimo. Y reposó todo el santo día.

13 de mayo de 2009

Conversación en una peluquería

-Buenas noches, señor. ¿Tiene alguna cita? -me pregunta la recepcionista de una elegante peluquería sanisidrina.
-La verdad es que pasaba por aquí...
-No se preocupe, lo atenderemos en unos instantes.
-Muchas gracias -respondo aliviado.
-¿Gusta que guarde su saco en el ropero mientras lo atienden?
-Sí, por favor.
-¿Podemos ofrecerle algo de tomar?
-Un café me vendría bien.
-¿Y de leer?
-Chistes -respondo por inercia.
-…
-Ehhh, mejor déme El Comercio –disimulo ante su cara de desconcierto.

Maldición, cómo extraño los Condoritos de segunda de las peluquerías de segunda.

11 de mayo de 2009

Tequila

-¿Qué debo hacer para que una chica como tú se tome una cerveza conmigo? -fue lo mejor que se me ocurrió decirle.
-Tal vez preguntar: “¿puedo invitarte una cerveza?” -dijo con un delicioso acento colombiano y se sonrió.

Nunca antes había ido al Tequila. Siempre había logrado hallar una buena excusa para mantenerme al margen de ese antro. Pero aquella noche, luego de varias jarras de cerveza, unos amigos terminaron por convencerme.

-¿Siempre vienes a este lugar? -pregunté por preguntar.
-No. Los fines de semana trabajo en otro local -respondió la colombiana.

“Trabajo”. Hasta ese momento no comprendía bien cuál era la situación entre nosotros pero ahora estaba claro que yo no era más que un potencial cliente.

-Bueno, ¿qué quieres hacer? -me dijo finalmente.
-Temo que “nada-haremos” -respondí bromeando.

A la colombiana le dio un ataque de risa; “Buscando a Nemo” resultó ser su película favorita. Le recordaba sus últimos días en Antioquia. Divertida, se animó a contarme de su vida en Colombia, de su viaje a Lima, de sus noches en el Tequila. Luego me sacó a bailar. Parecía haberse olvidado del trabajo. Mis amigos, por su lado, conversaban con otras chicas del bar.

Luego de varias canciones y algunas cervezas más, una mujer que se identificó como su hermana le dijo, de mala gana, que tenían que irse. Al parecer la colombiana perdía cien dólares por cada hora que pasaba conmigo. Y ya íbamos más de dos bailando.

-Lo siento, me tengo que ir -se despidió apenada después de darme un largo beso en los labios.

Nunca más volví al Tequila. Hay historias inverosímiles que no se vuelven a repetir.

8 de mayo de 2009

Babel

Entró al departamento súbitamente y sin saludar a nadie. Vestía unas botas marrones de cuero y una larga manta de alpaca que le otorgaban cierto halo de gravedad a sus arrugas. Era una mujer elegante, no lo voy a negar. Pero nunca me habían mirado con tanto desprecio.

-¿Dónde está Aloncito? -preguntó a boca de jarro.
-Señora Rodrigo, buenos días -respondió mi corredora calculando sus siguientes palabras-. Le presento a C.N., acaba de comprar el departamento de Alonso.
-Pues tendrían que habernos avisado que iban a vender este departamento -le increpó haciéndome ascos.

Sus setenta años me tenían entumecido, no lograba decidirme entre permanecer en silencio o mandarla a la misma mierda. Odié sus manos temblorosas, su gesto adusto, su boca arqueada.

-Sería conveniente que le expliques al señor C.N. que en este edificio vive gente bien -continuó.

Tenía la mirada puesta en mi cabello negro, largo y crespo.

-La señora Rodrigo es la presidenta de la Junta de Propietarios, C.N. -me explicó la corredora visiblemente avergonzada.

En ese momento un amigo que me estaba ayudando con la mudanza salió de una de las habitaciones gritando que ese sería su cuarto. Al verlo, los labios de la señora Rodrigo esbozaron una sonrisa malintencionada que la animó a dirigirse a mí:

-¡Ahhh! ¡Pero por qué no me contaste que habías comprado el departamento con tu amigo! -exclamó encantada.
-Bueno, en realidad… -intenté aclarar la situación pero me interrumpió.
-Deberían pintar la sala de color maracuyá -dijo señalando las paredes-, a mí me ha quedado divino en el estudio.

De pronto había dejado de ser un cholo de mierda para convertirme en un gay à la mode. La vieja pituca parecía feliz con la noticia. Posiblemente consideró de lo más chic tener una pareja gay en su edificio. O, por lo menos, pensó que ya tendría de qué hablar con sus amigas durante el té de los miércoles.

-Cuando quieran les muestro cómo he decorado mi departamento, les va a encantar -se despidió guiñándome el ojo.

Una vieja pregunta volvió a mi cabeza aquella tarde: ¿cuándo se jodió el Perú?

18 de marzo de 2009

Cumbia

Hoy miércoles, hoy miércoles: Bareto y La Mente en el Sargento Pimienta. El que no va, multa.

Discúlpenme, hoy ando con ganas de cumbiar el mundo.

9 de marzo de 2009

Primera estación

Verano temperamental: húmero, barranquino, meón. Veranillo desafinado, inquieto y burlón.

También: verano de víctimas ausentes y mares verdinegros.

Verano adúltero, verano traidor.

5 de marzo de 2009

El escarabajo mandarín

El primer auto de mi papá fue un Volkswagen escarabajo de segunda, color rojo mandarín, que compró a inicios de los ochenta.

Guardo buenos recuerdos de ese auto: nuestros viajes cortos a Mala para comprar leche y fruta; los paseos al Parque de las Leyendas de los sábados; los desayunos en Lurín con toda la familia, con café y pan con chicharrón. Y mi padre repitiendo en cada trayecto: “Qué fiel es este carrito”. Y sí, pues, para qué comprarse un auto nuevo si su carrito era económico, ocupaba poco espacio y, en caso de avería, bastaba un empujón para ponerlo en marcha.

Pero ya lo dijo el cantante, nada dura para siempre. Un domingo de misa el auto desapareció. Se lo robaron de la puerta de la iglesia y a plena luz del día. Lo buscamos sin éxito durante semanas como quien busca una mascota extraviada. Al año, resignado, mi papá compró su segundo auto.

Casi diez años después, mi papá me despertaría con una gran noticia: “Acabo de encontrar mi Volkswagen”. Estaba sin motor en un taller de autos de Evitamiento, abandonado al lado de otros escarabajos.

-¿Seguro que es tu auto, papá? –pregunté.
-¿Crees que no reconocería mi propio auto? –sentenció.

El dueño del taller, un ex policía, nos pidió un peritaje para determinar que fuera el mismo vehículo. Mi papá replicó que sólo quería darle una buena mirada por dentro. “Te dije que éste era mi carrito”, me dijo sonriente como un niño desde el asiento del piloto. Y eso fue todo. Nos fuimos de ahí contentos, sin reclamos ni amenazas, en el cuarto auto de mi papá.

Hace un año compré un libro titulado “POLIS, visiones y versiones de Lima a inicios del siglo 21”, de Ediciones La Moderna. Curiosamente, entre sus fotografías hay una del escarabajo rojo de mi papá, estacionado en el mismo lugar donde lo dejamos. A parecer, el carrito fiel sigue esperando por él.

25 de febrero de 2009

Pobre niño

El lunes, mientras comía con una pareja de amigos en el Bembos, un niño de unos siete años comenzó a llorar desconsoladamente.

Tremenda rabieta la del niño: tiró su helado, pataleó, gritó. Sus tres hermanas mayores parecían no prestarle atención y estar concentradas en sus conos. Su mamá, por el contrario, visiblemente incómoda, cogió al niño del brazo y lo llevo al estacionamiento donde intentó hacerlo entrar en razón.

Nos burlamos, por supuesto. Cruelmente. Todo un despliegue de creatividad y mala leche. La conclusión final: ese niño necesita un buen sopapo.

Pero al salir descubrimos que el niño no lloraba sin razón: sus papás se iban a separar. No era justo, él quería vivir con los dos. ¿Por qué se tenían que separar? ¿Por qué él tenía que quedarse con su papá? Al parecer su madre acababa de darle la noticia. En un lugar público. Le hicieron la de Jerry Maguire, pensé.

Qué imbéciles podemos ser algunas veces.

25 de septiembre de 2008

Cerca de la revolución

Me quedé dormido, he llegado a mi oficina casi a las 10 de la mañana. Felizmente Lima es una lágrima y ante cualquier retraso uno puede excusarse con un simple: "Lo siento, el tráfico está imposible". Es la coartada perfecta. Mi jefe, como supuse, ni se inmutó.

No recuerdo una Lima tan intransitable. Ni en las peores épocas del terrorismo. Como si no bastaran las improvisadas obras de Sedapal, el cierre del carril central de la Vía Expresa, los semáforos malogrados, las combis asesinas, los mototaxis que nunca frenan en los cruces, los peatones suicidas, las rejas, los huecos y los rompemuelles, nuestras autoridades han decidido reparar todas las calles al mismo tiempo. Cierres que se ejecutan todos los días y que pueden durar varios meses. El caos vehicular generado es de tal magnitud que dudo que esta ciudad siga siendo la misma una vez concluidos los trabajos. Y es que el limeño promedio, tímido y pusilánime por excelencia, empieza a despertar -por fin- sus peores demonios. El caos comienza a internalizarse.

Ayer vi a un tipo voltear a la izquierda en una avenida principal, donde estaba prohibido, en la cara de una mujer policía. Ella se hizo la desentendida y siguió conversando por su RPM [por cierto, ¿a quién se le ocurrió la genial idea de darles celulares? ¿pensaron que iban a coordinar el tráfico en lugar de comentar la novela?]. Más adelante, en la Vía Expresa, el conductor de mi taxi decidió evitarse la cola de autos y se metió al carril central que aún no se estrena. Cuatro taxis más lo siguieron. Me contó que ahora siempre se mete en contra cuando ve congestión vehícular porque la policía nunca lo detiene. Y si lo multa, pues no paga. Un amigo me contó algo parecido: lo detuvieron el sábado por manejar en contra y él argumentó que pensó que se trataba de un desvío. El policía lo dejó ir. La mejor hasta ahora: "Baja paradero prohibido", que escuché gritar al cobrador de una combi en la que viajaba hace un par de días.

Debo confesar que las bocinas de los autos han dejado de molestarme. Han hecho surgir el anarquista que llevo dentro. Cuando las oigo, recuerdo a Charly.