La cosa empezó en realidad hace dos años.
Mi oficina presentaba un libro y había recaído en mí la innoble tarea de escoltar a los invitados hasta sus asientos. Luego de guiar a tres señoras gordas, un viceministro y un par de tipos prepotentes, me tocó conducir a una chica muy guapa cuyos ojos verdes parecían dibujados con crayón. Durante la presentación no hice más que mirarla. Y ella debió haberlo notado pues, al momento del brindis, desapareció.
Me llegó una segunda oportunidad durante un ciclo de cine que organicé en el Centro Cultural de España. Entre los invitados, nuevamente, estaba la chica de los ojos de crayón. Se sentó a mi lado durante la película. Una pena parecía roerle el alma. Lloró. Un amigo nos presentó al final de la proyección. Se llamaba Victoria.
-Te vi en la presentación de un libro hace algunos meses –le dije torpemente.
-¿Sí? –respondió sorprendida-. No te recuerdo.
Para rematar el momento incómodo, de la nada apareció mi novia de aquel entonces y me abrazó. Me despedí nerviosamente, casi huyendo. No volví a verla aquella noche.
Pero hubo una tercera oportunidad.
Fiesta en la Casa Túpac. Había ido solo y mi directiva era emborracharme lo suficiente como para olvidar ese pequeño detalle inicial. De pronto, entre las mismas caras de siempre, vislumbré a Victoria. Bailaba despreocupadamente en medio de un grupo de amigos. Vestía una blusa sin cuello de algodón, unos jeans sueltos y unas botas marrones. Me detuve a contemplarla un buen rato en medio de la pista de baile. Victoria, esta vez, destilaba pasión por la vida. Una vitalidad pegajosa. Y yo no era el único que la miraba fijamente: éramos por lo menos cuatro. Uno de ellos se le acercó y le dio un beso en los labios. Era su novio. Derrotado antes de la batalla, apuré mi cerveza y regresé a la barra.
No volví a ver a la chica de los ojos de crayón hasta hoy: acaba de ingresar a trabajar en mi oficina y su cubículo está a sólo unos metros del mío. Se reciben apuestas.
Año Nuevo en Medio Año
Hace 3 meses.


