"Con el doctor Gonzales, por favor". "Sí, sí, psiquiatría". Espero unos minutos.
-¿Con quién hablo? -contesta una voz apática.
-Doctor Gonzales, soy C.N.
-...
-Estuve en su consultorio el lunes. No sé si me recuerda -evidentemente no-. Me duplicó la dosis de Rivotril.
-Ah, claro, C.N. -finge acordarse-. ¿Te duplicamos la dosis, verdad?
-Sí, ahora son 2 mg de Rivotril con 30 mg de Remeron por la noche y 1 mg de Rivotril al mediodía -le recito-. Pero creo que la del mediodía no me está haciendo mayor efecto.
-¿Y cuánto de Rivotril tomas por las mañanas?
-Nada -respondo avergonzado.
-¿Y clonazepán?
-1 mg mañana, tarde y noche, doctor.
-Pues entonces sube el clonazepán del almuerzo a 1.5 mg -sentencia matemáticamente- y a ver cómo vamos hasta el lunes.
-¿Eso es todo?
-Sí, con eso debe bastar.
-Estupendo, doctor -le respondo con sorna-. Nos vemos el lunes, entonces.
Así transcurrieron mis días durante más de dos años. Entre médicos, pastillas y ataques de ansiedad. Cuando me di cuenta de que jamás me darían de alta, abandoné el tratamiento. Recuperé mi depresión, mis manías, mi insomnio, mi rebeldía y mis fracasos. Y, sobre todo, mi libertad.
Ps.- Ya salieron los resultados de la votación.